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Lo que pasa cuando miles sienten lo mismo

Una multitud inmensa en una plaza de noche, con el rostro hacia un escenario iluminado en dorado, mientras bailarinas aéreas flotan sobre ella.

En Monterrey, durante "Nuevo León Ascendiendo", hubo un segundo en que la plaza entera volteó al mismo tiempo hacia el mismo punto del escenario. Nadie dio esa instrucción. Algo en la narrativa jaló a todas al mismo instante, como si por unos segundos dejaran de ser miles de personas distintas y se volvieran una sola, sintiendo lo mismo.

Ya me había pasado antes, años atrás, en el Zócalo. Cuando apareció la palabra México en la coreografía VUELA MÉXICO, recibimos la ovación de doscientas mil personas al unísono. Llevo dieciséis años en este oficio y sigo sin encontrar una definición mejor de lo que significa un espectáculo masivo bien logrado.

Cuando se planea con tiempo y uno se compromete de verdad con un mensaje, se logra una entrega muy profunda en el espectador: la gente se siente parte. No hace falta que cada persona entienda todos los detalles técnicos ni la referencia histórica exacta. Basta con que se deje llevar. Vivimos en un mundo que va muy rápido, con demasiadas preocupaciones encima, y son pocos los momentos en que a alguien se le permite, sin culpa, simplemente sentirse junto a miles de desconocidos.

Ahí aparece algo que ninguna campaña de publicidad puede fabricar por sí sola: el sentido de pertenencia. Orgullo municipal, estatal, nacional. Y debajo de todos esos orgullos, algo más simple y más humano: la certeza momentánea de que uno no está solo.

Con ese poder también viene una responsabilidad que abrazo con mucho cuidado. Tener la capacidad de mover a cientos de miles de personas hacia la misma emoción es un instrumento serio, y como todo instrumento serio, lo uso siempre con ética y con propósito. Por eso en cada proyecto me pregunto no solamente qué queremos que sienta la gente, sino para qué: para que salga con más orgullo de su comunidad, con más ganas de cuidar a quien tiene al lado.

La naturaleza de un espectáculo, en el fondo, es crear magia en el alma de las personas. Suena grande decirlo así, pero lo sostengo después de dirigir ceremonias para cientos de miles: es una manera noble de entregar mensajes que cambian vidas y dan esperanza. El valor más alto de una ceremonia no es el aplauso final. Es ayudar al ser humano, aunque sea por una noche, a conectarse consigo mismo.

Un espectáculo masivo no reúne gente. Le devuelve a la gente la capacidad de sentir al unísono.

En Monterrey, durante "Nuevo León Ascendiendo", hubo un segundo en que la plaza entera volteó al mismo tiempo hacia el mismo punto del escenario. Nadie dio esa instrucción. Algo en la narrativa jaló a todas al mismo instante, como si por unos segundos dejaran de ser miles de personas distintas y se volvieran una sola, sintiendo lo mismo.

Ya me había pasado antes, años atrás, en el Zócalo. Cuando apareció la palabra México en la coreografía VUELA MÉXICO, recibimos la ovación de doscientas mil personas al unísono. Llevo dieciséis años en este oficio y sigo sin encontrar una definición mejor de lo que significa un espectáculo masivo bien logrado.

Cuando se planea con tiempo y uno se compromete de verdad con un mensaje, se logra una entrega muy profunda en el espectador: la gente se siente parte. No hace falta que cada persona entienda todos los detalles técnicos ni la referencia histórica exacta. Basta con que se deje llevar. Vivimos en un mundo que va muy rápido, con demasiadas preocupaciones encima, y son pocos los momentos en que a alguien se le permite, sin culpa, simplemente sentirse junto a miles de desconocidos.

Ahí aparece algo que ninguna campaña de publicidad puede fabricar por sí sola: el sentido de pertenencia. Orgullo municipal, estatal, nacional. Y debajo de todos esos orgullos, algo más simple y más humano: la certeza momentánea de que uno no está solo.

Con ese poder también viene una responsabilidad que abrazo con mucho cuidado. Tener la capacidad de mover a cientos de miles de personas hacia la misma emoción es un instrumento serio, y como todo instrumento serio, lo uso siempre con ética y con propósito. Por eso en cada proyecto me pregunto no solamente qué queremos que sienta la gente, sino para qué: para que salga con más orgullo de su comunidad, con más ganas de cuidar a quien tiene al lado.

La naturaleza de un espectáculo, en el fondo, es crear magia en el alma de las personas. Suena grande decirlo así, pero lo sostengo después de dirigir ceremonias para cientos de miles: es una manera noble de entregar mensajes que cambian vidas y dan esperanza. El valor más alto de una ceremonia no es el aplauso final. Es ayudar al ser humano, aunque sea por una noche, a conectarse consigo mismo.

Un espectáculo masivo no reúne gente. Le devuelve a la gente la capacidad de sentir al unísono.