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Dieciséis años de curva: de México para el Mundo

Escenario masivo en construcción al atardecer en una plaza histórica, con torres de truss y una sola luz de trabajo encendida entre sombras largas.

En 2010 yo era una directora creativa más, una de diez, dentro de un equipo armado para el Bicentenario en el Zócalo de nuestro país. Vi entrar a 180 mil personas a la plaza más importante de México y pensé, ingenua, que ya sabíamos hacer esto. No era cierto todavía: la producción general la llevaba un equipo internacional, con una experiencia que México apenas empezaba a construir. Aprendí ahí, mirando de cerca a los mejores del mundo, cómo se arma un espectáculo de esa escala sin que se caiga a la mitad.

Un año después, en los Panamericanos de Guadalajara, seguía entrenando en la cancha, ahora en dirección coreográfica. México lleva, desde entonces, al menos dieciséis años construyendo una cultura seria de producción de espectáculos masivos. Se formó ahí una generación completa mexicana —escenografía, stage management, producción técnica, operaciones, dirección, coreografía— que hoy está entre lo mejor del mundo en lo suyo, no por comparación generosa, sino porque ya lo ha demostrado. ¡De México para el Mundo!

En 2014, en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Veracruz, dirigí la producción completa de las ceremonias de apertura y clausura, sin dirección extranjera. Fue la primera vez que sentí que ya no estábamos aprendiendo de alguien más: estábamos entregando nuestro propio trabajo, a nuestro propio nivel. Esas ceremonias terminaron con una nominación al Emmy y diez premios Telly, prueba de que la curva que empezó en el Bicentenario ya había llegado a algún lugar serio. Los mexicanos, en los live shows, habíamos llegado para quedarnos.

Desde entonces hemos seguido construyendo sobre esa base: desfiles que se volvieron tradición anual, conmemoraciones estatales, celebraciones de aniversario en distintos puntos del país. Cada proyecto deja algo que no desaparece cuando termina el evento: un proveedor que aprendió a resolver cierto tipo de proyecto como nunca antes, un técnico que domina un nuevo software, un coordinador que ya sabe mover a diez mil personas sin que falle nada, un coreógrafo que produce coreografías masivas a la perfección. Un equipo que produce a otro nivel, fluye, se comunica, con orden y disciplina como los mejores del mundo.

Lo que más me emociona de esta curva no es lo que ya logramos, sino a quién le va a tocar seguirla. Hoy hay jóvenes coreógrafos, escenógrafos y productores técnicos que entraron a este oficio viendo ya un Bicentenario, un Veracruz 2014, como el piso desde el que empiezan, no como la meta a la que aspiran. Eso es lo que debería pasar con cualquier curva de aprendizaje real: que la siguiente generación no pelee las mismas batallas de origen que peleamos nosotros.

Nos entrenamos en la cancha, con los mejores del mundo. Desde 2014 jugamos solos. De México para el Mundo, en live shows.

En 2010 yo era una directora creativa más, una de diez, dentro de un equipo armado para el Bicentenario en el Zócalo de nuestro país. Vi entrar a 180 mil personas a la plaza más importante de México y pensé, ingenua, que ya sabíamos hacer esto. No era cierto todavía: la producción general la llevaba un equipo internacional, con una experiencia que México apenas empezaba a construir. Aprendí ahí, mirando de cerca a los mejores del mundo, cómo se arma un espectáculo de esa escala sin que se caiga a la mitad.

Un año después, en los Panamericanos de Guadalajara, seguía entrenando en la cancha, ahora en dirección coreográfica. México lleva, desde entonces, al menos dieciséis años construyendo una cultura seria de producción de espectáculos masivos. Se formó ahí una generación completa mexicana —escenografía, stage management, producción técnica, operaciones, dirección, coreografía— que hoy está entre lo mejor del mundo en lo suyo, no por comparación generosa, sino porque ya lo ha demostrado. ¡De México para el Mundo!

En 2014, en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Veracruz, dirigí la producción completa de las ceremonias de apertura y clausura, sin dirección extranjera. Fue la primera vez que sentí que ya no estábamos aprendiendo de alguien más: estábamos entregando nuestro propio trabajo, a nuestro propio nivel. Esas ceremonias terminaron con una nominación al Emmy y diez premios Telly, prueba de que la curva que empezó en el Bicentenario ya había llegado a algún lugar serio. Los mexicanos, en los live shows, habíamos llegado para quedarnos.

Desde entonces hemos seguido construyendo sobre esa base: desfiles que se volvieron tradición anual, conmemoraciones estatales, celebraciones de aniversario en distintos puntos del país. Cada proyecto deja algo que no desaparece cuando termina el evento: un proveedor que aprendió a resolver cierto tipo de proyecto como nunca antes, un técnico que domina un nuevo software, un coordinador que ya sabe mover a diez mil personas sin que falle nada, un coreógrafo que produce coreografías masivas a la perfección. Un equipo que produce a otro nivel, fluye, se comunica, con orden y disciplina como los mejores del mundo.

Lo que más me emociona de esta curva no es lo que ya logramos, sino a quién le va a tocar seguirla. Hoy hay jóvenes coreógrafos, escenógrafos y productores técnicos que entraron a este oficio viendo ya un Bicentenario, un Veracruz 2014, como el piso desde el que empiezan, no como la meta a la que aspiran. Eso es lo que debería pasar con cualquier curva de aprendizaje real: que la siguiente generación no pelee las mismas batallas de origen que peleamos nosotros.

Nos entrenamos en la cancha, con los mejores del mundo. Desde 2014 jugamos solos. De México para el Mundo, en live shows.