Para el espectáculo en el Estadio Banorte (Azteca) trabajamos con miles de pulseras luminosas. Cada una tenía que llegar al país, encontrar su asiento y encenderse como parte de una imagen colectiva. El público veía un estadio lleno de luz. Yo veía también a todas las personas que habían hecho posible ese instante: quienes conocían el recinto, quienes programaban, quienes distribuían, quienes comprobaban que cada pieza estuviera en su lugar.
He pensado mucho en esa imagen al preparar mi conferencia para la universidad, y hay algo que me interesa poner sobre la mesa desde el principio: una idea creativa empieza a hacerse realidad cuando otras personas pueden entenderla, trabajar con ella y aportar lo que saben.
Eso exige aprender a dirigir.
Vengo de la danza aérea. Durante años conocí el escenario desde el cuerpo: el ensayo, la repetición, la concentración que pide un movimiento cuando estás suspendida en el aire. Después empecé a mirar desde otro lugar, el de quien tiene que reunir una historia, un equipo y las condiciones para que todo suceda frente al público. Esa transición me enseñó cuánto depende la creación de nuestra capacidad de trabajar con otros.
Una ceremonia reúne oficios que piensan de maneras distintas. Quien diseña una escenografía necesita dimensiones, materiales y tiempos de fabricación. Quien dirige una coreografía necesita saber qué está contando cada movimiento. Producción necesita ordenar esas decisiones para que puedan encontrarse en el mismo espacio y a la misma hora.
A mí me toca sostener la visión y ayudar a que esos lenguajes se entiendan. Si digo que quiero una escena que provoque orgullo, todavía queda muchísimo trabajo por hacer. Hay que convertir esa intención en música, cuerpos, imágenes, entradas y decisiones concretas. También hay que escuchar a quienes saben cómo realizar cada parte. Muchas veces, una conversación con el equipo descubre una posibilidad que la idea original todavía no tenía.
Ahí encuentro una relación muy profunda entre comunicación y dirección. Explicar bien permite que alguien más actúe con criterio. Una indicación incompleta puede detener un taller; un cambio que llega tarde puede alterar el montaje, la iluminación y los ensayos. Cuando todos conocen el propósito y entienden qué está definido, el proyecto puede avanzar con mucha más claridad.
También aprendí que la confianza se construye con cosas que parecen pequeñas.
Cuando convocamos voluntarios para una ceremonia, les pedimos tiempo, atención y entusiasmo. Les pedimos que crean en algo que quizá solo han visto en una presentación. Desde nuestro lado, la historia puede estar clarísima. Desde el suyo, hay preguntas muy razonables: qué vamos a hacer, cómo nos vamos a organizar, cómo los vamos a tratar.
Responder empieza por explicar, pero continúa en el trato cotidiano. Cumplir los horarios, cuidar la alimentación, dar indicaciones que se puedan seguir, escuchar una duda. Cada una de esas decisiones influye en la relación de las personas con el proyecto. Conforme avanzan los ensayos, quienes llegaron sin conocer la propuesta empiezan a encontrar su lugar dentro de ella. La historia se vuelve compartida.
Para mí, gestionar talento tiene mucho que ver con crear esas condiciones: reconocer lo que alguien sabe hacer y darle la información, el tiempo y el acompañamiento que necesita para hacerlo bien. La pasión aporta una energía extraordinaria; organizar el trabajo permite sostenerla durante todo el proceso.
Esto se vuelve especialmente claro cuando el calendario se aprieta. En la celebración de los doscientos años de Nuevo León tuvimos unas semanas para llevar la propuesta a escena. Había que decidir qué resolver primero, qué podía avanzar al mismo tiempo y qué necesitaba quedar cerrado para que otros equipos empezaran a trabajar.
En momentos así, dirigir implica mirar las consecuencias de cada decisión. Una modificación que parece sencilla desde la mesa creativa puede representar horas de trabajo para muchas personas. La experiencia ayuda a reconocerlo, a preguntar a tiempo y a ajustar el alcance de una propuesta a las condiciones en las que debe realizarse.
A quienes hoy estudian entretenimiento y comunicación me interesa compartirles esa parte del oficio. Van a imaginar proyectos, construir mensajes y tomar decisiones sobre recursos. También van a trabajar con personas cuyo conocimiento será indispensable para llegar a lugares que todavía no pueden prever. Aprender a reconocer ese conocimiento es parte de su formación como directores.
México tiene una generación de profesionales que ha acumulado un oficio enorme en los grandes formatos. Lo vi crecer desde el Bicentenario y los Panamericanos de Guadalajara; después, en Veracruz, Coatzacoalcos y Monterrey, y en todas las ediciones del Desfile del Día de Muertos que tuve el honor de dirigir y producir, entre otros grandes eventos. Cada producción deja una experiencia que viaja hacia la siguiente. Me emociona pensar en lo que los jóvenes pueden construir desde ese punto de partida y en las preguntas nuevas que traerán a esta industria.
Cuando un espectáculo termina y llega el aplauso, pienso en todo lo que el público nunca vio: las conversaciones, las pruebas, los ajustes y las personas que resolvieron cada detalle. Durante unos minutos, su trabajo logró encontrarse y convertirse en una emoción compartida.
Estos son los temas que quiero llevar a mi conferencia magistral en la Universidad Anáhuac Puebla, a la que me invitó la carrera de Dirección de Empresas de Entretenimiento y Comunicación, como parte de la materia de Alta Dirección y Gestión del Talento Humano.
La responsabilidad de dirigir empieza mucho antes de que se abra el escenario, en la manera en que hacemos posible el trabajo de los demás.
Una visión empieza a volar cuando el equipo encuentra cómo hacerla suya.
¡Nos vemos en la Universidad Anáhuac de Puebla el 3 de noviembre a las 16:30 horas!
Para el espectáculo en el Estadio Banorte (Azteca) trabajamos con miles de pulseras luminosas. Cada una tenía que llegar al país, encontrar su asiento y encenderse como parte de una imagen colectiva. El público veía un estadio lleno de luz. Yo veía también a todas las personas que habían hecho posible ese instante: quienes conocían el recinto, quienes programaban, quienes distribuían, quienes comprobaban que cada pieza estuviera en su lugar.
He pensado mucho en esa imagen al preparar mi conferencia para la universidad, y hay algo que me interesa poner sobre la mesa desde el principio: una idea creativa empieza a hacerse realidad cuando otras personas pueden entenderla, trabajar con ella y aportar lo que saben.
Eso exige aprender a dirigir.
Vengo de la danza aérea. Durante años conocí el escenario desde el cuerpo: el ensayo, la repetición, la concentración que pide un movimiento cuando estás suspendida en el aire. Después empecé a mirar desde otro lugar, el de quien tiene que reunir una historia, un equipo y las condiciones para que todo suceda frente al público. Esa transición me enseñó cuánto depende la creación de nuestra capacidad de trabajar con otros.
Una ceremonia reúne oficios que piensan de maneras distintas. Quien diseña una escenografía necesita dimensiones, materiales y tiempos de fabricación. Quien dirige una coreografía necesita saber qué está contando cada movimiento. Producción necesita ordenar esas decisiones para que puedan encontrarse en el mismo espacio y a la misma hora.
A mí me toca sostener la visión y ayudar a que esos lenguajes se entiendan. Si digo que quiero una escena que provoque orgullo, todavía queda muchísimo trabajo por hacer. Hay que convertir esa intención en música, cuerpos, imágenes, entradas y decisiones concretas. También hay que escuchar a quienes saben cómo realizar cada parte. Muchas veces, una conversación con el equipo descubre una posibilidad que la idea original todavía no tenía.
Ahí encuentro una relación muy profunda entre comunicación y dirección. Explicar bien permite que alguien más actúe con criterio. Una indicación incompleta puede detener un taller; un cambio que llega tarde puede alterar el montaje, la iluminación y los ensayos. Cuando todos conocen el propósito y entienden qué está definido, el proyecto puede avanzar con mucha más claridad.
También aprendí que la confianza se construye con cosas que parecen pequeñas.
Cuando convocamos voluntarios para una ceremonia, les pedimos tiempo, atención y entusiasmo. Les pedimos que crean en algo que quizá solo han visto en una presentación. Desde nuestro lado, la historia puede estar clarísima. Desde el suyo, hay preguntas muy razonables: qué vamos a hacer, cómo nos vamos a organizar, cómo los vamos a tratar.
Responder empieza por explicar, pero continúa en el trato cotidiano. Cumplir los horarios, cuidar la alimentación, dar indicaciones que se puedan seguir, escuchar una duda. Cada una de esas decisiones influye en la relación de las personas con el proyecto. Conforme avanzan los ensayos, quienes llegaron sin conocer la propuesta empiezan a encontrar su lugar dentro de ella. La historia se vuelve compartida.
Para mí, gestionar talento tiene mucho que ver con crear esas condiciones: reconocer lo que alguien sabe hacer y darle la información, el tiempo y el acompañamiento que necesita para hacerlo bien. La pasión aporta una energía extraordinaria; organizar el trabajo permite sostenerla durante todo el proceso.
Esto se vuelve especialmente claro cuando el calendario se aprieta. En la celebración de los doscientos años de Nuevo León tuvimos unas semanas para llevar la propuesta a escena. Había que decidir qué resolver primero, qué podía avanzar al mismo tiempo y qué necesitaba quedar cerrado para que otros equipos empezaran a trabajar.
En momentos así, dirigir implica mirar las consecuencias de cada decisión. Una modificación que parece sencilla desde la mesa creativa puede representar horas de trabajo para muchas personas. La experiencia ayuda a reconocerlo, a preguntar a tiempo y a ajustar el alcance de una propuesta a las condiciones en las que debe realizarse.
A quienes hoy estudian entretenimiento y comunicación me interesa compartirles esa parte del oficio. Van a imaginar proyectos, construir mensajes y tomar decisiones sobre recursos. También van a trabajar con personas cuyo conocimiento será indispensable para llegar a lugares que todavía no pueden prever. Aprender a reconocer ese conocimiento es parte de su formación como directores.
México tiene una generación de profesionales que ha acumulado un oficio enorme en los grandes formatos. Lo vi crecer desde el Bicentenario y los Panamericanos de Guadalajara; después, en Veracruz, Coatzacoalcos y Monterrey, y en todas las ediciones del Desfile del Día de Muertos que tuve el honor de dirigir y producir, entre otros grandes eventos. Cada producción deja una experiencia que viaja hacia la siguiente. Me emociona pensar en lo que los jóvenes pueden construir desde ese punto de partida y en las preguntas nuevas que traerán a esta industria.
Cuando un espectáculo termina y llega el aplauso, pienso en todo lo que el público nunca vio: las conversaciones, las pruebas, los ajustes y las personas que resolvieron cada detalle. Durante unos minutos, su trabajo logró encontrarse y convertirse en una emoción compartida.
Estos son los temas que quiero llevar a mi conferencia magistral en la Universidad Anáhuac Puebla, a la que me invitó la carrera de Dirección de Empresas de Entretenimiento y Comunicación, como parte de la materia de Alta Dirección y Gestión del Talento Humano.
La responsabilidad de dirigir empieza mucho antes de que se abra el escenario, en la manera en que hacemos posible el trabajo de los demás.
Una visión empieza a volar cuando el equipo encuentra cómo hacerla suya.
¡Nos vemos en la Universidad Anáhuac de Puebla el 3 de noviembre a las 16:30 horas!