Tenía 21 años cuando mi madre murió, sin aviso. Me quedé muy triste, literal, de esas tristezas que no caben en el cuerpo. Por esas fechas fui al Teatro de la Danza a ver una pieza de trapecio de Gerardo Hernández. Un cuerpo colgado a varios metros del piso, sin efectos de por medio, me hizo sentir algo que ningún doctor, ningún libro, me había hecho sentir en meses. Ese día decidí que quería dedicarme a eso.
Entrené danza aérea doce años, entre el trapecio y el piso, aprendiendo que el cuerpo es un instrumento igual que un violín o un chelo. Uno no ve la técnica cuando alguien toca bien un instrumento: ve la emoción que sale de él. Lo que se ve en el escenario, si de verdad está pasando algo, no es una serie de movimientos correctos. Es el alma de quien los ejecuta.
El cuerpo puede fallar. Ese es el punto. Una caída real produce una atención única, irrepetible, porque el público sabe, en algún lugar animal de su cerebro, que ahí hay riesgo de verdad. Un instrumento perfecto no es lo mismo que un instrumento que siente.
He visto ya animaciones generadas por inteligencia artificial que imitan cuerpos bailando, técnicamente impresionantes: proporciones perfectas, movimientos que ningún cuerpo real podría ejecutar. Es fascinante ver hasta dónde ha llegado esa tecnología, y seguramente seguirá abriendo posibilidades creativas que hoy ni imaginamos. Y aun así, cuando veo bailar a un cuerpo real, hay algo que se me queda adentro de una forma distinta: el riesgo genuino, la posibilidad de que algo salga distinto a lo planeado. Esa vibración, por ahora, sigue siendo exclusiva de lo humano.
Fundé mi primera compañía con el nombre de Ánima, precisamente por eso. Después se convirtió en Vuela, pero seguimos usando una pluma en el logo: recordatorio de que detrás de cualquier producción, por monumental que sea, sigue habiendo un alma en movimiento. La tecnología puede acompañarla, amplificarla, abrirle caminos nuevos. Y hay algo en ella, el riesgo, la entrega, la decisión de exponerse cada noche, que seguirá siendo profundamente humano.
Lo que hace un bailarín no es producir movimiento correcto. Es poner en riesgo su propio cuerpo, en tiempo real, para contar algo que de otra forma no se puede contar. Es una decisión, cada noche, de exponerse, y es también lo que hace que la danza en vivo siga siendo insustituible.
Cuando alguien me pregunta si la inteligencia artificial va a acabar con la danza, pienso en ese teatro pequeño, en ese cuerpo colgado en el aire, y en mí a los 21 años, entendiendo que había cosas que solo un cuerpo real, arriesgándose de verdad, podía decirme.
La IA podrá abrir caminos nuevos para crear. El alma que sostiene la danza seguirá siendo humana.