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El estadio como nuevo teatro

Un estadio al atardecer con una bailarina aérea suspendida sobre la cancha, entre luces cálidas y cables de rigging.

Hace poco leí que Emilio Azcárraga quiere llevar al fútbol mexicano el modelo del Harp Helú: convertir el estadio en un lugar al que la gente va aunque no le importe el resultado del partido, porque la experiencia completa ya vale la pena por sí sola. Leí también sobre la reforma del Estadio 3 de Marzo, en Zapopan, pensada para consolidar a México como uno de los mercados musicales más importantes del mundo. Sonreí, porque es lo que llevo años diciendo desde otro ángulo: el fútbol ya no es solamente fútbol.

Un estadio, para mí, siempre ha sido una máquina narrativa: rigging, gradas, luz, y miles de personas que en cualquier momento pueden convertirse en el elenco. Durante mucho tiempo esa máquina estuvo diseñada para hacer una sola cosa muy bien, jugar futbol, y todo lo demás se resolvía con ingenio, adaptando estructuras y cableado que no habían sido pensados originalmente para eso.

México está preparado para recibir grandes ceremonias a nivel emocional, artístico y de producción. Lo hemos demostrado en foros que no fueron construidos para eso: plazas, zócalos, avenidas completas convertidas en escenario. Y hay una oportunidad hermosa por delante: seguir desarrollando la infraestructura fija en esa misma dirección.

La renovación del Estadio Banorte, con inversión en drenaje, césped y vestidores pensados también para tiro con arco, tenis sobre pasto o funciones de box, es señal de que el sector privado ya entendió el negocio detrás de un recinto multifuncional. Ese mismo espíritu, llevado también al lenguaje de la ceremonia, puede llevar a México todavía más lejos.

No es lo mismo adaptar un estadio para otro deporte que adaptarlo para una ceremonia con danza aérea, proyecciones de piso a piso y cientos de ejecutantes entrando por seis puntos al mismo tiempo. Ahí se necesitan accesos de carga pensados para escenografía monumental y protocolos de seguridad que entiendan que ese ensayo habla un lenguaje distinto al de un entrenamiento de fútbol.

Lo he vivido de los dos lados: ceremonias en espacios diseñados desde el origen para recibir espectáculo, y otras en estadios que reinventamos a fuerza de ingenio. El resultado final casi no se nota, porque el equipo mexicano sabe resolver con creatividad cualquier reto. Lo que sí se nota es el esfuerzo de las semanas previas, las horas extra que el equipo dedicó con pasión para que cada detalle llegara a tiempo.

Nuestros estadios ya saben recibir un partido. Cada día están más listos para recibir también un espectáculo.

Hace poco leí que Emilio Azcárraga quiere llevar al fútbol mexicano el modelo del Harp Helú: convertir el estadio en un lugar al que la gente va aunque no le importe el resultado del partido, porque la experiencia completa ya vale la pena por sí sola. Leí también sobre la reforma del Estadio 3 de Marzo, en Zapopan, pensada para consolidar a México como uno de los mercados musicales más importantes del mundo. Sonreí, porque es lo que llevo años diciendo desde otro ángulo: el fútbol ya no es solamente fútbol.

Un estadio, para mí, siempre ha sido una máquina narrativa: rigging, gradas, luz, y miles de personas que en cualquier momento pueden convertirse en el elenco. Durante mucho tiempo esa máquina estuvo diseñada para hacer una sola cosa muy bien, jugar futbol, y todo lo demás se resolvía con ingenio, adaptando estructuras y cableado que no habían sido pensados originalmente para eso.

México está preparado para recibir grandes ceremonias a nivel emocional, artístico y de producción. Lo hemos demostrado en foros que no fueron construidos para eso: plazas, zócalos, avenidas completas convertidas en escenario. Y hay una oportunidad hermosa por delante: seguir desarrollando la infraestructura fija en esa misma dirección.

La renovación del Estadio Banorte, con inversión en drenaje, césped y vestidores pensados también para tiro con arco, tenis sobre pasto o funciones de box, es señal de que el sector privado ya entendió el negocio detrás de un recinto multifuncional. Ese mismo espíritu, llevado también al lenguaje de la ceremonia, puede llevar a México todavía más lejos.

No es lo mismo adaptar un estadio para otro deporte que adaptarlo para una ceremonia con danza aérea, proyecciones de piso a piso y cientos de ejecutantes entrando por seis puntos al mismo tiempo. Ahí se necesitan accesos de carga pensados para escenografía monumental y protocolos de seguridad que entiendan que ese ensayo habla un lenguaje distinto al de un entrenamiento de fútbol.

Lo he vivido de los dos lados: ceremonias en espacios diseñados desde el origen para recibir espectáculo, y otras en estadios que reinventamos a fuerza de ingenio. El resultado final casi no se nota, porque el equipo mexicano sabe resolver con creatividad cualquier reto. Lo que sí se nota es el esfuerzo de las semanas previas, las horas extra que el equipo dedicó con pasión para que cada detalle llegara a tiempo.

Nuestros estadios ya saben recibir un partido. Cada día están más listos para recibir también un espectáculo.