Esa noche el desfile de Día de Muertos entraba al Zócalo y el cielo se llenó de drones. Cuatro globos monumentales flotaban sobre la gente, como si la ciudad completa respirara hacia arriba. Olía a copal y a cempasúchil, hacía frío, y yo estaba abajo, entre el público. Lo que se me erizó no fueron los drones en sí: fue ver a miles de personas mirando hacia el mismo punto, con la misma cara de asombro, unidas por una sola imagen en el cielo.
Ahí confirmé algo que llevo años sintiendo: la tecnología, cuando se usa con intención, no reemplaza la emoción, la multiplica. El dron vuela. La gente se queda con algo adentro.
Lo digo después de años de trabajar con drones, proyecciones, estructuras móviles, escenografías monumentales. Cada una de estas herramientas ha sido, para mí, un instrumento más para contar una historia con más fuerza, más alcance, más asombro. Entra como entra cada ingrediente artístico: con propósito, sirviendo siempre al mensaje.
También lo he comprobado desde la otra escala. He dirigido piezas de danza para un par de cientos de personas, sin drones ni proyección, solamente dos cuerpos, una cuerda y una luz. La gente salía igual de conmovida. Eso me confirma algo hermoso: lo que emociona de verdad nace siempre de la historia, y la tecnología es lo que permite llevar esa misma emoción a una escala impensable, a miles de personas al mismo tiempo, en la misma plaza, sintiendo lo mismo.
Por eso, en cada producción, la primera pregunta siempre es qué queremos que sienta la gente. La tecnología entra después, como la aliada perfecta para lograrlo.
Lo que más conmueve a la gente son las personas: el bailarín que se arriesga, el niño que voltea a ver a su papá, la señora que se persigna cuando pasa la ofrenda. Y son justamente esos drones, esas proyecciones, esas estructuras monumentales, las que hacen posible que ese instante humano llegue a más gente, en un formato que antes era impensable.
La tecnología no es el espectáculo. Es lo que le permite volar más lejos.